top of page

Un cuyano en la antigua Constantinopla

  • Foto del escritor: Peregrino Errante
    Peregrino Errante
  • 1 may 2022
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 2 may 2022

Aterriza el avión. Miro a mi alrededor y no entiendo nada. Ya estoy en Estambul, la antigua Constantinopla. Casi 16 millones de habitantes ubicados entre el continente europeo y asiático. Por las puertas del aeropuerto, ubicado en el lado asiático, sale caminando un cuyano desorientado que busca la forma de llegar hasta la casa de sus anfitriones turcos ubicada en el lado europeo de la ciudad.





Son las siete y media de la tarde, ya está oscureciendo. Tomo el primer bus que me marca teléfono. Un poco desconfiado de la recomendación sigo investigando el mapa con un grado de ansiedad y desesperación controlado pero en progresivo aumento. El señor sentado frente a mí comienza, con un tono de voz elevado y seño fruncido, a decirme cosas que nunca voy a saber y señalar mi teléfono. Como no entiendo, y mi cara se lo hace saber, obliga al muchacho sentado a su lado a quitarse los auriculares, quien con un inglés improvisado me pregunta hacia donde voy.


Al principio desconfié un poco ante tanta preocupación sobre mi destino y la decision de tomar ese bus como la mejor opción. Al final terminó siendo la bienvenida a la cultura en la que me adentro cada día más. Me “obligaron” a bajarme donde ellos y el muchacho, quien tenía que tomarse otro bus para el lado contrario, me llevó caminando durante 20 minutos al metro que debía tomar para llegar a la casa de mis anfitriones Simla y Hakan.

Es difícil describir en pocas palabras a Estambul, una ciudad increíblemente grande ,atestada de gente, con más de dos mil años de historia y que ha sido capital de cuatro imperios -romanos, bizantino , latino y otomano-, cuyos símbolos y construcciones siguen presentes sorprendiendo a quien la transita.

Caminar por la antigua Constantinopla es como jugar a la rayuela sobre una línea de tiempo. Entrar a Santa Sofía, construida y utilizada como Catedral Ortodoxa Bizantina desde el siglo VI d.C y luego convertida en Mezquita a mediados del siglo XV d. C. con la conquista de Constantinopla por el Imperio Otomano, salir de allí y toparse con la Mezquita Azul del Sultán Ahmed con sus seis minaretes de sesenta y cuatro metros de altura, recorrer el Palacio Topkapi inaugurado y utilizado desde el año 1465 hasta el año 1853 como sede administrativa del Imperio Otomano con sus tesoros y arte arquitectónico, caminar perdido por la ciudad y encontrarse, sin saber de su existencia, la monumental Columna de Constantino construida en el año 330 d.C., en fin, es como jugar a retroceder y avanzar en el tiempo escuchando constantemente el susurro de la historia que relata cada cúpula, cada columna , cada imagen plasmada intencionalmente en cada uno de sus rincones.




Las Murallas de Constantinopla siguen en pie. Era uno de los destinos que no podía dejar de visitar y hacia allí me dirigí. Caminé al lado de ellas sintiendo el miedo que deben haber sentido aquellos guerreros que intentaban traspasarla para conquistar la ciudad mientras llovían flechas desde arriba. Pude subir gracias a que me topé con un palacio bizantino construido a su lado, el palacio “Tekfu” Desde la cima la vista es impresionante ya que se ve toda la ciudad y el estrecho del Bósforo desde el lado europeo. Arriba la sensación fue distinta, con semejantes muros y con esa altura yo también hubiera creído imposible que un ejército pudiera cruzar la muralla con vida. En cuanto bajé decidí ir al lado asiático a mirar desde las alturas el continente Europeo y así me dirigí en bus hacia la Torre de Gálata donde disfruté durante un largo rato el magnífico paisaje. Me siento cansado de tanto andar pero no quiero perder la oportunidad de cruzar caminando de un continente a otro. Ingreso al puente de Gálata y me detengo en el medio .


Estoy entre Europa y Asia y por un momento no pertenezco a ninguno. Estoy suspendido entre ambas masas de tierra. Guerras, geopolítica, comercio, visiones del mundo y de la vida, intereses. Disputas feroces. No es el pasado, es el presente, el tironeo es ahora. Una soga con un nudo al medio es tironeada desde ambos lados haciendo prueba de quien es más fuerte. El que pierde se hunde en el agua profunda. Los dos quieren la soga entera con el nudo en el medio. Ninguno quiere desatarla y quedarse con una parte. No tiene solución el problema, el nudo no se desata. Tiran ensañados y con fuerza. En el año 333 a.C. Alejandro Magno se enfrentó a un problema parecido, lo retaron a desatar el nudo Gordiano. Quien pudiera desatarlo, se decía en ese entonces, sería el conquistador de todo Oriente. El nudo era imposible de desatar. Impaciente el muchacho ante semejante problema, sacó su espada y de un solo golpe lo cortó al medio. Para Alejandro fue lo mismo cortarlo que desatarlo y siguió su camino dejando su suerte a los Dioses. Sigo parado en el medio de Europa y Asia y frente a mí el nudo se mueve de un lado hacia otro. Desgraciadamente no tengo una espada a mano. Suspiro mientras las gaviotas que planean sobre mi cabeza me miran un poco desilusionadas y continuo caminando en dirección al Gran Bazar.




Estambul fue la puerta de entrada, el augurio de lo que viene. Mi primeros pasos en Turquía y mi primer acercamiento a la cultura musulmana. Simla y Hakan, quienes me abrieron sus puertas y me hicieron sentir como en casa, compartieron su vida dejándome entrever que cualquier juicio previo que puedo haber hecho sobre la idiosincrasia turca y musulmana quedará desacreditado con el devenir de los pasos en el camino.

Sigo viaje. Siguiente destino: en ferry a Bursa.

Comentarios


bottom of page