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Persepolis y el fuego de Alejandro

  • Foto del escritor: Peregrino Errante
    Peregrino Errante
  • 18 jun 2022
  • 6 Min. de lectura

Hasta que un día llegué. El día 24 del mes 03 del año 1401 llegué a Persépolis. No hablo del pasado, hablo del presente. Aquí en la República Islámica de Irán no rige el calendario gregoriano, sino que utilizan su propio calendario, el calendario persa. En el año 622 el profeta Mahoma abandonó la Meca para asentarse en Medina, hoy ubicada en Arabia Saudita. Ese año es el que toma el calendario persa como punto de partida para comenzar a registrar el tiempo. Mil cuatrocientos años después de dicho suceso, este peregrino caminó en silencio y bajo un sol asesino entre las construcciones que quedaron de la ciudad más ricas del mundo hace mas de 2500 años, Persépolis.




Desde que entré en Irán me di cuenta que viajar por estas tierras no iba a estar marcado por visitar sus históricas construcciones y sitios arqueológicos que abundan por todas partes donde uno vaya. Viajar por Irán es conocer y pasar el tiempo con su gente. Todos los días me emociona la excesiva amabilidad y hospitalidad que me ofrecen desconocidos por la calle.




Camino por el bazar en Shiraz y un viejo señor vendedor de alfombras me invita a tomar fotografías y me lleva agarrado del brazo por cada rincón del bazar contándome la historia que guarda; me siento dentro de una mezquita a contemplar el arte persa, entablo conversación con una pareja iraní, me piden el número de teléfono y a la tarde me llaman para invitarme a cenar junto a la tumba del gran poeta Hafez; me pierdo en la terminal y una mujer me quita el boleto de la mano, lo lee, me acompaña hasta el lugar donde debo esperar el bus y me anota el horario de partida en números latinos; en fin, cada día es un viaje al mundo de cada persona, grupo de amigos y/o familia que se abre a dejarme observar y sentir un poquito de su cotidianidad.


Aun así, aunque el presente no deja de asombrarme ni por un segundo, la historia me llama y cumplí el objetivo de llegar a la ciudad que Alejandro Magno prendió fuego para demostrar su poderío en Asia.



Antes de ir a Persépolis decidí hacer una parada simbólica y fui a rendir mis respetos al fundador del Imperio aqueménida de Persia, Ciro II el Grande. Este hombre fue quien construyó el Imperio que luego se convertiría en el de mayor poder en la tierra, en esa época, y su tumba, construida con piedras megalíticas, de forma piramidal escalonada y con un mausoleo en lo alto, se encuentra en Pasargade a 80 km de Persépolis. De hecho, cuando Alejandro conquistó Persepolis, él también se dirigió a rendirle homenaje a Ciro en distintas oportunidades. Por esa razón me dirigí a su tumba en el medio del desierto con casi 40 grados de temperatura, y a pleno rayo del sol me paré junto a Alejandro a contemplar la gigantesca tumba del hombre que hasta el día de hoy es reconocido por los mismos iraníes.

Ahora si, llegó el momento de dirigirse a Persepolis. Saliendo del predio donde se encuentra la tumba de Ciro conocí a un grupo de amigos iraníes que, a mi buena fortuna, se dirigían hacia allí y me ofrecieron llevarme esos 80 km lo cual acepté y agradecí sin pensarlo.





Persepolis es un nombre griego que significa “Ciudad de Persia”; los persas la llamaron Takh-e Jamshid, o sea, “ el Trono de Jamshid”. Esta ciudad palaciega comenzó a construirse en el año 518 a.C. con Darío I con el objetivo de convertirla en la nueva capital del Imperio Persa hasta la conquista, destrucción e incendio de la misma por las tropas de Alejandro Magno en el año 331 a.C. Para algunos no es más que un conjunto de piedras, paredes talladas y columnas olvidadas en el tiempo, para mi fue como jugar con una máquina del tiempo escuchando la historia hablar entre las rocas, imaginar su vida extinguida, la sorpresa y asombro de Alejandro y sus tropas al entrar por las puertas de la ciudad, al igual que me sucedió a mi. La ciudad más hermosa y rica del planeta, según cuentan, fue saqueada y prendida fuego hace más de vente siglos. Yo camino entre sus inmensas columnas, entre las rocas talladas con representaciones de la época perfectamente conservadas, y siento que también me prendo fuego con el sol que me aplasta, o quizás no sea el sol, quizás, pienso, el fuego prendido por Alejandro hace mas de dos mil años sigue quemando hasta el día de hoy en esta tierra olvidada que supo ser el centro del mundo y del imperio mas poderoso conocido en la tierra.



Feliz, orgulloso de haber podido llegar a uno de los objetivos que me había propuesto llegar cuando planeaba el viaje en Mendoza, y totalmente satisfecho pero con un poco de hambre, emprendí mi regreso a la hermosa ciudad de Shiraz ubicada a 60km de distancia. No había buses y los taxistas intentaban aprovecharse de mi condición de turista así que decidí volver utilizando el bendito dedo gordo de la mano que tantas facilidades nos dio a nuestra especie. No hizo falta que termine de desplegarlo en su totalidad ya que el primer auto que pasó junto a mí frenó y, teniendo que desviarse más de 20km de su ruta, insistió en llevarme hasta la ciudad escuchando música de fiesta persa.


El día terminaba. Estaba cansado y feliz por la aventura y las personas que tuve la suerte de conocer ese día ¿que más podía esperar? Solo comer con Amin (mi anfitrión y amigo de Shiraz) y Alí (viajero turco que coincidimos en la casa de Amin) e ir a dormir. Obviamente, como sucede siempre en Irán, no fue lo que sucedió. Todavía quedaba una última sorpresa.



Fuimos a comer con Amin, su hermana y Alí. Cuando terminamos, Amin y su hermana nos dijeron "Si están con energías podemos llevarlos a conocer Shah-e Cheragh, es bueno ir de noche ya que no hay tanta gente y se ve más bonito con las luces". La verdad es que no sabía de qué se trataba el lugar donde querían llevarnos, solo entendí que era una tumba. Estaba muy cansado por el largo día , pero sus ojos leía que esa tumba era digna de conocerla y que debía ser esa noche. Tengo que decirlo, fue una de las sorpresas más hermosas que he tenido en este viaje.






Shah-e Cheragh, cuyo significado es “Rey de la Luz”, conocido también como Sagrado Sepulcro de Ahmadi, Santo Sepulcro de Sayyed Mir- Ahmad y Mausoleo de Ahmad-ebne-Mussal, es uno de los centros de peregrinación más importantes de la provincia de Fars y uno de los más sagrados del país. Ya cuando comencé a ver el mausoleo desde el exterior quedé maravillado por la preciosa e imponente cúpula que se alzaba en lo alto iluminada con luces que realzaban los colores de la cerámica que la cubre. Me dirigí hacia la puerta de entrada, descalzo como debe entrarse en todo lugar sagrado en estas tierras, levanté la vista y quedé petrificado. Por dentro, todas las paredes, techos y cúpulas estaban revestidas de pequeñísimos espejos y azulejos de colores que hacían rebotar los rayos coloridos de luz por doquier. No tengo palabras para describir la belleza de ese lugar. Mis ojos saltaban de un rincón hacia otros guiado por los reflejos de cada espejito,  de cada figura formada de azulejos encajados a la perfección. Estaba totalmente asombrado y agradecido de estar ahí. En los viajes, como en la vida, a veces hay que hacer sacrificios, pasar y aguantar momentos difíciles, pero cuando uno se encuentra con lugares como estos donde la belleza desborda los sentidos y lo deja a uno estupefacto ante semejante espectáculo, sentís que valió la pena y todo cobra sentido.




Irán me maravilla día a día. Su gente, su arte, su pasado y su difícil presente. Como todo país, no es todo color de rosas, amabilidad y alegría, también tiene sus conflictos y problemas de los cuales prefiero hablar en el futuro, que aún así no opacan los secretos que su tierra esconde.

El calor sofocante y los 45 grados de temperatura pronosticados me obligó a cambiar la ruta, no hacia un lugar fresco porque no existe, pero si donde las temperaturas son un poco menos de 40 grados, si la suerte me acompaña.


No podré seguir yendo hacia el sur como tenía planeado. Próximo destino: una de las ciudades mas antiguas de Irán y la que fuera centro del zoroastrismo. La ciudad de Yazd.



 
 
 

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